Vivimos en un mundo donde ocurren cosas terribles a la gente que no lo merece. El huracán Katrina desembarcó furiosamente en Nueva Orleáns, rompiendo los diques, y centenares murieron y centenares de miles quedaron sin techo ni agua potable. Las casas y todas las posesiones fueron barridas de la faz de la tierra. Cada día el sufrimiento puede tomar formas distintas: una enfermedad repentina, un accidente, un divorcio, la muerte de una esposa o de un hijo. Cualquiera sea la razón, cuando estamos heridos lloramos instintivamente. Queremos saber el porqué. ¿Por qué me ocurre esto a mí? ¿Sabe Dios, o le importa, cuando sufro?

Puede ser que ahora no te sea fácil creer, cuando la herida es tan dolorosa, pero Dios sabe todo acerca de tu dolor. Y le importa mucho. Él está muy cerca, aun cuando parece estar lejos. Nosotros lo sabemos muy bien, porque Jesús prometió: “Yo estoy con vosotros todos los días, hasta el fin del mundo” (S. Mateo 28:20). No tengas dudas, Dios está contigo cuando estás herido: “Cuando pases por las aguas, yo estaré contigo; y si por los ríos, no te anegarán” (Isaías 43:2). Dios está allí en nuestras mayores pruebas y sufrimientos.

Pero si esto es verdad, ¿por qué Dios no hace algo al respecto? ¿Por qué no me evita el dolor o hace que se vaya?

En primer lugar, ¿cómo sabes que Dios no está haciendo algo al respecto? ¿Cómo sabes que tu situación no sería aun peor si no fuera por la intervención divina? Vivimos en un mundo en el que el mal es una realidad. La Biblia dice que este mal es el resultado directo de Satanás, quien está comprometido en una lucha de vida o muerte contra Dios.

La Biblia describe una escena que nos muestra que Dios está reteniendo este mal, para que no haga mayores daños. El Apocalipsis habla de cuatro ángeles que sostienen los vientos de la tierra, y un ángel del cielo los urge, diciendo: “No hagáis daño a la tierra” (Apocalipsis 7: 3). Dios nos está protegiendo de las peores consecuencias del deseo de Satanás por destruirnos.

 

 El dilema de Dios

En segundo lugar, Dios tiene un problema. Como ves, vivimos en un mundo en el cual el mal es una terrible realidad. Satanás está enfrascado en una gran lucha contra Dios y el bien. Él está tratando de destruirnos a nosotros y a todas las cosas que producen algún tipo de felicidad. Dios es más fuerte que Satanás, y nuestro Señor finalmente ganará la guerra. Y algún día, el pecado, el mal y el sufrimiento serán totalmente erradicados de la tierra y del universo entero. Pero, mientras tanto, Satanás tiene el poder de causar dolor, daño y muerte.

El problema de Dios es éste: Cómo vencer a Satanás y a la vez conservar en ti y en mí la posibilidad de elegir libremente. Nuestra libertad de elección —ya sea para el bien o el mal— es un don fundamental que Dios desea y debe preservar a toda costa. Si no escogemos libremente estar de parte de Dios, entonces Satanás ha ganado. En el origen de todas las cosas, él acusó a Dios de ser dictatorial y arbitrario al demandar obediencia. Y se ubicó a sí mismo como la única alternativa respecto de Dios.

La respuesta de Dios al desafío de Satanás fue demostrar su absoluta abnegación al enviar a su propio Hijo a la tierra para vivir como uno de nosotros y morir por nosotros en la cruz.

Tú y yo debemos escoger entre Dios y Satanás. Y a fin de rebatir la acusación del diablo de que Dios nos forzó a seguirlo porque es más poderoso, el Señor debe asegurarse de que la elección que hagamos es por nosotros mismos, esto significa elegir honesta y libremente. Esta es la razón por la cual la libertad de elección es tan importante para Dios. Pero es también la fuente de su problema. Porque si nosotros podemos elegir libremente, entonces podemos llegar a elegir el mal; podemos escoger hacer daños terribles a los demás.

 

El abuso de la libertad

No debería sorprendernos, entonces, que algunas personas elijan el mal, cuyo resultado es el dolor y el sufrimiento. Cuando una joven
madre muere de cáncer, cuando un matrimonio se disuelve, cuando un automóvil mata a un niño en un accidente, cuando sufres por cualquier razón, significa que Satanás aún está luchando contra Dios, y que a veces gana una batalla.

Sin embargo, la Biblia nos asegura que finalmente Dios ganará la guerra. El Apocalipsis describe esto con la figura de Jesús montado sobre un caballo blanco, encabezando los ejércitos celestiales. Miles de millones de ángeles santos lo siguen. Su paciencia con la maldad de Satanás ha alcanzado sus límites.

La batalla es corta. Satanás y todos los impíos son capturados. La destrucción del mal será completa cuando el diablo sea destruido. Esto será el fin del odio, de la violencia, del terrorismo y del homicidio. Será el fin de todo el dolor, de las cosas tristes, grandes y pequeñas, que Satanás ha causado para que suframos.

 

No más dolor

La Biblia promete que el pecado nunca más se volverá a levantar (Nahum 1:9). Además dice que Dios hará nuevas todas las cosas, incluyéndonos: “Enjugará Dios toda lágrima de los ojos de ellos; y ya no habrá muerte, ni habrá más llanto, ni clamor, ni dolor; porque las primeras cosas pasaron (Apocalipsis 21:4).¿Le importa a Dios que estés sufriendo? Por supuesto que sí. ¿Está haciendo algo al respecto? Ciertamente, tanto para reivindicar su nombre ante el universo como por ti personalmente. Él promete: “No te desampararé, ni te dejaré” (Hebreos 13:5).

 

¿Por qué a mí?

Es natural preguntarnos “¿por qué a mí?” cuando el dolor y los problemas llegan a nuestra vida. A menudo esto parece muy injusto. ¿Por qué algunas personas parecen estar tan libres del dolor, mientras les ocurren cosas terribles a otras? ¿Por qué? ¿Por qué Dios parece obrar milagros para algunos y no para otros?

No existen respuestas totalmente satisfactorias a estas preguntas. Debemos recordar, sin embargo, que finalmente el poder de hacer milagros —y la razón para hacerlos— permanece únicamente en las manos de Dios y sólo de Dios. Él ve todo el escenario de la historia de la humanidad, y hará todas las cosas correctamente.

Enfrentados con tales circunstancias, debemos confiar en el hecho de que, aun cuando no tengamos las respuestas, Dios las tiene. Podemos confiar en que cuando todas los problemas de la vida en esta tierra sean resueltos, sabremos que “las aflicciones del tiempo presente no son comparables con la gloria venidera que en nosotros ha de manifestarse” (Romanos 8:18).

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