La Promeza De Paz
Vayamos Como Somos
Algunos parecen creer que deben estar a
prueba y que deben demostrar al Señor que se
han reformado, antes de poder contar con su
bendición. Mas ellos pueden pedir la bendición
de Dios ahora mismo. Deben tener su gracia,
el Espíritu de Cristo, para que los ayude en sus
flaquezas; de otra manera no pueden resistir
al mal. Jesús se complace en que vayamos a
él como somos, pecaminosos, impotentes,
necesitados. Podemos ir toda nuestra debilidad,
insensatez y maldad y caer arrepentidos a sus
pies. Es su gloria estrecharnos en los brazos de
su amor, vendar nuestras heridas y limpiarnos
de toda impureza.
Miles se equivocan en esto: no creen que
Jesús les perdona personal e individualmente.
No creen al pie de la letra lo que Dios dice. Es el
privilegio de todos los que llenan las condiciones
saber por sí mismos que el perdón de todo
pecado es gratuito. Alejad la sospecha de que
las promesas de Dios no son para vosotros.
Son para todo pecador arrepentido. Cristo ha
provisto fuerza y gracia para que los ángeles
ministradores las lleven a toda alma creyente.
Ninguno hay tan malvado que no encuentre
fuerza, pureza y justicia en Jesús, que murió
por los pecadores. El está esperándolos para
cambiarles los vestidos sucios y corrompidos
del pecado por las vestiduras blancas de la
justicia; les da vida y no perecerán.
Alzad la vista los que vaciláis y tembláis;
porque Jesús vive para interceder por nosotros.
Agradeced a Dios por el don de su Hijo amado y
pedid que no haya muerto en vano por vosotros.
Su Espíritu os invita hoy. Id con todo vuestro
corazón a Jesús y demandad sus bendiciones.
Cuando leáis las promesas, recordad que
son la expresión de un amor y una piedad
inefables. El gran corazón de amor infinito
se siente atraído hacia el pecador por una
compasión ilimitada. “En quien tenemos
redención por medio de su sangre, la remisión
de nuestros pecados” (Efesios 1:7). Sí, creed
tan sólo que Dios es vuestro ayudador. El
quiere restituir su imagen moral en el hombre.
Acercaos a él con confesión y arrepentimiento
y él se acercará a vosotros con misericordia y
perdón.
*Del libro El Camino a Cristo.
Foto de la tapa: ©Robert KoorennyLa Promesa de Paz
Lo que necesitáis es paz: el perdón, la paz
y el amor del cielo en el alma. No se los puede
comprar con dinero, la inteligencia no los puede
obtener, la sabiduría no los puede alcanzar;
nunca podéis esperar conseguirlos por vuestro
propio esfuerzo. Mas Dios os lo ofrece como
un don, “sin dinero y sin precio” (Isaías 55:1).
Son vuestros, con tal que extendáis la mano
para tomarlos. El Señor dice: “¡Aunque vuestros
pecados fuesen como la grana, como la nieve
serán emblanquecidos; aunque fuesen rojos
como el carmesí, como lana quedarán!” (Isaías
1: 18) “También os daré un nuevo corazón, y
pondré un espíritu nuevo en medio de vosotros”
(Ezequiel 36: 26).
Habéis confesado vuestros pecados y los
habéis quitado de vuestro corazón. Habéis
resuelto entregaros a Dios. Id pues a él y pedidle
que os limpie de vuestros pecados y os dé un
corazón nuevo. Creed que lo hará porque lo ha
prometido. Esta es la lección que Jesús enseñó
durante el tiempo que estuvo en la tierra: que
debemos creer que recibimos el don que Dios
nos promete y que es nuestro. Jesús sanaba a
los enfermos cuando tenían fe en su poder;
les ayudaba con las cosas que podían ver,
inspirándoles así confianza en él tocante a las
cosas que no podían ver, induciéndolos a creer
en su poder de perdonar pecados. Establece
esto claramente en el caso del paralítico: “Mas
para que sepáis que el Hijo del hombre tiene
potestad en la tierra de perdonar pecados (dijo
entonces al paralítico): ¡Levántate, toma tu cama
y vete a tu casa!” (S. Mateo 9: 6).
Así también Juan el evangelista, al hablar
de los milagros de Cristo, dice: “Estas empero
han sido escritas, para que creáis que Jesús es
el Cristo, el Hijo de Dios; y para que creyendo,
tengáis vida en su nombre” (S. Juan 20: 31).
Confiar en la Promesa
Del simple relato de la Biblia de cómo
Jesús sanaba a los enfermos podemos aprender
algo acerca del modo de ir a Cristo para que
nos perdone nuestros pecados. Veamos ahora
el caso del paralítico de Betesda. Este pobre
enfermo estaba imposibilitado; no había usado
sus miembros por treinta y ocho años. Con todo,
Jesús le dijo: “¡Levántate, alza tu camilla, y anda!”
El paralítico podría haber dicho: “Señor, si me
sanas primero, obedeceré tu palabra”. Pero no;
creyó a la palabra de Cristo, creyó que estaba
sano, e hizo el esfuerzo en seguida; quiso andar
y anduvo. Confió en la palabra de Cristo y Dios
le dio el poder. Así quedó completamente sano.
Así también tú eres pecador. No puedes
expiar tus pecados pasados, no puedes cambiar
tu corazón y hacerte santo. Mas Dios promete
hacer todo esto por ti mediante Cristo. Crees en
esa promesa. Confiesas tus pecados y te entregas
a Dios. Quieres servirle. Tan ciertamente como
haces esto, Dios cumplirá su palabra contigo. Si
crees la promesa, si crees que estás perdonado
y limpiado, Dios suplirá el hecho; estás sano,
tal como Cristo dio potencia al paralítico para
andar cuando el hombre creyó que había sido
sanado. Así es si así lo crees.
No esperes sentir que estás sano, mas
di: “Lo creo; así es, no porque lo sienta, sino
porque Dios lo ha prometido”. Dice Jesús:
“Todo cuanto pidiereis en la oración, creed
que lo recibisteis ya; y lo tendréis” (S. Marcos
11: 24). Hay una condición en esta promesa:
que pidamos conforme a la voluntad de Dios.
Pero es la voluntad de Dios limpiarnos de
pecado, hacernos hijos suyos y ponernos en
actitud de vivir una vida santa. De modo que
podemos pedir a Dios estas bendiciones, creer
que las recibimos y agradecerle por haberlas
recibido. Es nuestro privilegio ir a Jesús para
que nos limpie, y estar en pie delante de la ley
sin confusión ni remordimiento. “Así que ahora,
ninguna condenación hay para los que están
en Cristo Jesús, los que no andan conforme a la
carne, sino conforme al Espíritu” (Romanos 8: 1).
De modo que ya no sois vuestros; porque
comprados sois por precio. “Sabiendo que
fuisteis redimidos, . . . no con cosas corruptibles,
como plata y oro, sino con preciosa sangre, la
de Cristo, como de un cordero sin defecto e
inmaculado”. (1 S. Pedro 1: 18, 19) Por el simple
hecho de creer en Dios, el Espíritu Santo ha
engendrado una vida nueva en vuestro corazón.
Sois como un niño nacido en la familia de Dios, y
él os ama como a su Hijo.
Ahora bien, ya que os habéis consagrado
a Jesús, no volváis atrás, no os separéis de
él, mas todos los días decid: “Soy de Cristo;
pertenezco a él”; y pedidle que os dé su Espíritu
y que os guarde por su gracia. Puesto que es
consagrándoos a Dios y creyendo en él como
sois hechos sus hijos, así también debéis vivir
en él. Dice el apóstol: “De la manera, pues que
recibisteis a Cristo Jesús el Señor, así andad en
él” (Colosenses 2: 6).
