La Ley De Dios

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Informa, pero no motiva ni consuela. Dirige, pero es
impersonal. En cambio, en el nuevo pacto, el Espíritu
Santo dirige al creyente a la ley con paciencia y amor,
consolándolo y motivándolo a lo largo del camino.
En forma gradual muestra al pecador su pecado, sin
sobrecogerlo y abrumarlo con cargas imposibles de
llevar.
La ley como única norma de comportamiento
cristiano tiene limitaciones. Es sólo un espejo que refleja
impersonalmente el mal (Santiago 1:22-25). No puede
enseñar al creyente a ser virtuoso y santo. Registrar en
preceptos escritos todo lo que el cristiano debe hacer
es imposible. Menos posible aun es resumirlos en
diez mandamientos. Estas limitaciones del Decálogo
fueron subrayadas por Cristo en el Sermón del Monte
(S. Mateo 5:27-30; 33-37). Por eso necesitamos ser
guiados por el Espíritu para llegar a ser verdaderos hijos
de Dios (Romanos 8:14).
La perpetuidad de la ley
La perpetuidad de los mandamientos de Dios
es afirmada cientos de años antes del nacimiento de
Cristo. “Fieles son todos sus mandamientos afirmados
eternamente y para siempre” (Salmo 111:7, 8). Por ley
de lógica bíblica se llega también a esta verdad. La ley
es una expresión del carácter de Dios; Dios es eterno,
por lo tanto, la ley es eterna.
La ley de Dios es un documento basado en
principios eternos que propician el bienestar social y
moral de la sociedad en que vivimos. En la observancia
de estos principios radica la armonía y la paz que tanto
necesitan los hogares y la sociedad actual.
La obediencia a la ley de Dios no hace legalista al
creyente. El legalismo es una actitud enfermiza hacia
la ley. Es tratar de comprar la salvación mediante la
obediencia a la ley. San Pablo repudió esta actitud
farisaica hacia la ley, pero exaltó la ley como santa,
justa y buena (Romanos 7:12; 1 Timoteo 1:8). En otro
de sus monólogos aleccionadores el apóstol pregunta:
“¿Luego, por la fe invalidamos la ley? En ninguna
manera, sino que confirmamos la ley” (Romanos 3:31).
Para San Pablo, guardar los mandamientos de Dios era
de sumo valor (1 Corintios 7:19).
La obediencia a la ley tampoco esclaviza a nadie.
Al contrario, la ley muestra al pecador el sendero que
conduce a la libertad del pecado. El pecado, entre otras
cosas, es transgresión de la ley (1 S. Juan 3:4). El pecado
encarcela al ser humano con rejas a veces imperceptibles
al ojo humano. La ley y el Espíritu Santo denuncian
abiertamente las cadenas casi invisibles del pecado y le
muestran al pecador el camino de la libertad. Por eso
la ley es conocida también como “la ley de la libertad”
(Santiago 2:12).

La Ley de Dios
En cierta ocasión, algunos enemigos de Jesús
acordaron entramparlo con una pregunta difícil.
“¿Cuál es el gran mandamiento de la ley?”, le
preguntaron. Jesús entonces reveló en su respuesta una
de las verdades más importantes acerca de la naturaleza
y propósito de la ley de Dios. “Amarás al Señor tu
Dios con todo tu corazón, y con toda tu alma, y con
toda tu mente y a tu prójimo como a ti mismo” (S.
Mateo 22:35-39). La pregunta era difícil de contestar,
pues todos los mandamientos de Dios al hombre son
importantes. Quebrantar uno de estos mandamientos,
es hacerse culpable de todos (Santiago 2:9-11). Los
fariseos y saduceos sabían lo comprometedor de la
pregunta. Poner un mandamiento por encima de otro
era arriesgado. Sin embargo, sabiendo Jesús que el
amor es el fundamento del gobierno y las leyes de Dios,
no titubeó en contestar como lo hizo.
La ley y el amor
La relación entre el amor y el Decálogo es
prominente en las Escrituras. San Pablo afirma que
“el cumplimiento de la ley es el amor” y que toda la
ley se cumple en las palabras: “amarás a tu prójimo
como a ti mismo” (Romanos 13:8-10; Gálatas 5:14).
El apóstol Santiago presenta el amor como “la ley real”
(Santiago 2:8). Un estudio cuidadoso del Decálogo
revela que los cuatro primeros mandamientos reclaman
homenaje y amor a Dios, y que los siguientes seis
demandan respeto y amor al prójimo. El amor está tan
íntimamente hilvanado en la Palabra de Dios, que del
amor depende no sólo la ley, sino también los profetas
(S. Mateo 22:40).
Siendo que el amor es la naturaleza misma de Dios
y la síntesis de su carácter (1 S. Juan 4:8), todo lo que
emana de él, sus pensamientos, palabras y acciones,
están teñidos de este atributo perfecto. Sus leyes y
sus consejos están arraigados en el amor. Dios en el
corazón es todo lo que el ser humano necesita para
enterarse del contenido de la ley de Dios. Nuestros
padres en el Edén no necesitaban leyes escritas para
conocer la voluntad divina. La presencia de Dios en
sus corazones en forma automática les revelaba el bien
y les advertía contra el mal.
Lamentablemente, el pecado hizo separación entre
Dios y la raza humana (Isaías 59:2). Apartado de Dios,
el hombre por sí solo no podía discernir entre el bien
y el mal. A fin de que el ser humano tuviera una guía
de conducta que reflejara la base de su gobierno, Dios
tuvo que escribir en un lenguaje imperfecto y finito el
principio perfecto y eterno del fundamento de su ley: el
amor. Dios prometió que la comunicación directa con
la Deidad sería restaurada en el nuevo pacto en Cristo
(Jeremías 31:31-33; S. Mateo 26:28). Pero, ¿abrogó el
nuevo pacto la validez del Decálogo?
La ley y el nuevo pacto
San Pablo establece en 2 Corintios 3 la superioridad
del nuevo pacto sobre el antiguo. Esta superioridad
es mal interpretada por muchos cristianos que tildan
de legalistas a los que observan la ley y arguyen que el
nuevo pacto abolió la ley. Esta minimización de la ley
se ha universalizado al punto que hay pocos cristianos
evangélicos hoy día que pueden nombrar los Diez
Mandamientos.
La superioridad del nuevo pacto radica en la persona
de Cristo. Él pagó el precio que la ley demandaba por la
transgresión del hombre, y así restauró la relación entre
Dios y el pecador. El nuevo pacto no anula la ley ni le
da licencia al ser humano para seguir transgrediéndola.
Lejos de anular los mandamientos de Dios, en el nuevo
pacto el Espíritu Santo los escribe en las mentes de los
creyentes y hace que anden en ellos (Hebreos 10:16,
17; Jeremías 31:31-33; Ezequiel 36:26, 27). La ley
se cumple en los que andan en el Espíritu (Romanos
8:4).
El Espíritu Santo añade además otras dimensiones
importantes de las que el antiguo pacto carecía. La
letra de la ley en sí es fría, y su único objetivo es señalar
y acusar al que la quebranta (Romanos 3:20; 4:15; 7:7).
Una Expresión de Amor
Si la ley no fuera necesaria en la vida cristiana, Jesús
no hubiera abogado por su permanencia (S. Mateo
5:17-19). La ley es el trasunto del carácter de Dios.
Mientras Dios exista, existirá la ley. Mientras Cristo
more en el corazón del hombre, el Espíritu Santo lo
guiará a estos preceptos eternos.
Entre las bienaventuranzas del sabio Salomón, se
encuentra una vinculada con la ley de Dios: “Mas el que
guarda la ley es bienaventurado” (Proverbios 29:18).
La respuesta natural del cristiano que ama a Jesús es la
observancia de los mandamientos. Jesús dijo: “Si me
amáis, guardad mis mandamientos” (S. Juan 14:15).

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